Sochi: sobresaliente en seguridad y suspenso en idiomas

Durante la disputa de los juegos, la ciudad del mar Negro se fortifica, llenándose de controles y prohibiciones

 

Sochi, 20 de febrero de 2014 - Al pagar un desodorante en el dutty free de Barajas se nos advierte, puede llevar consigo este producto sólo hasta Moscú, al llegar a Sochi, debe tirarlo porque, en la ciudad olímpica, no se puede entrar con ningún tipo de líquido sin facturar, ni si quiera agua. Esta es una de las muchas normas con las que el visitante se encuentra al llegar a esta localidad ubicada en la costa del Mar Negro que, durante la celebración de los juegos, se ha convertido en un verdadero fortín, cuyos movimientos se vigilan hasta desde el espacio.

 

En el mayor evento deportivo del planeta, la seguridad es uno de los temas más importantes pero, debido a la amenaza de atentados terroristas, se ha convertido casi en una obsesión.  Con respecto a Londres 2012, los controles se hacen más frecuentes y, la presencia policial, mucho más visible. La carretera que conecta Adler, sede de las disciplinas de hielo, con Krasnaya Poliana, donde se disputan los deportes de nieve, y que se construyó para este evento, está cerrada al tráfico convencional. A pesar de que por ella sólo pueden circular vehículos olímpicos, se observa policía, militares y seguridad privada casi cada cien metros y, en lo alto, baterías antiaéreas. Nada más entrar en uno de los muchos autobuses que realizan trayectos entre instalaciones, estos se sellan en puertas, ventanas, capó y maletero para evitar la entrada intrusos. Tras el precintado, todos los pasajeros deben pasar su acreditación de alta seguridad dotada con código de barras. El rastreo con perros policía es algo habitual en todos los medios de transporte.

 

Una de las novedades de Sochi 2014 es que, hasta el público lleva una identificación con foto, lo que hace completamente imposible o, al menos complicado al extremo. la reventa de localidades. Al llegar al destino, más controles. Pase de acreditación, tornos, arco detector de metales y cacheo, en algunos casos, hasta dos y tres. Incluso se registra a los niños más pequeños.  Dentro del Parque Olímpico o de cualquiera de las instalaciones no sé puede ni fumar, ni beber alcohol y, la entrada de alimentos, está muy restringida. Si durante el intermedio de una prueba, se tiene previsto ir al baño mejor no olvidarse la acreditación y la entrada porque, muy posiblemente, las vuelvan a pedir.  Si usted está alojado en los buques-hotel del puerto, prepárese porque pasará dos controles más donde, en caso de llevar dispositivos electrónicos, le requerirán que los encienda.

 

A pesar de que la red de transportes, especialmente el tren, funciona muy bien, como algunas competiciones terminan a altas horas de la noche, el público suele optar por volver a sus hoteles en taxi, lo que ha generado bastante picaresca local, doblando las tarifas habituales. Si antes de los juegos, el trayecto de Adler al aeropuerto de Sochi, que está muy próximo, costaba 500 rublos (10 euros), ahora lo habitual es pagar 1.000 (20 euros). Por este motivo, al caer la noche se ven hordas de taxistas que, cual comerciales de un bazar, abordan a los paseantes.

 

Durante estos días, Sochi es la ciudad más segura del mundo pero no la más especialmente comunicativa. La inmensa mayoría de voluntarios y personal para atender a los visitantes, incluso en el aeropuerto, no habla nada más que ruso o, como mucho, chapurrea un inglés rudimentario. Entre la prensa española se comenta, con sorna, que lo único que saben decir los taxistas de Sochi es ‘guan fausend’ (one thousand, mil en inglés). La ausencia idiomática provoca el desconcierto de los extranjeros que deambulan de, un lado a otro, sin saber muy bien cómo proceder, hasta que por descarte, aprenden a descifrar la crípticas señales de los voluntarios. Y es que, los idiomas, son la asignatura pendiente de Sochi 2014.

21/02/2014

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